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martes, 20 de agosto de 2013

Relojes de cuerda, o la imposibilidad de reemplazar al hombre Y La Oficina Publica Saludable

Relojes de cuerda, o la imposibilidad de reemplazar al hombre

Por   | LA NACION

Hay una tendencia creciente en Europa a volver a los relojes de cuerda o automáticos. Se inició a partir de razones ecológicas (una pequeña pila de mercurio puede contaminar 1000 litros de agua), pero poco a poco se está convirtiendo en una moda impactante.
Se trata de una conversión retro que no está para nada desvinculada de otras situaciones que también pueden registrarse en los conocidos ámbitos laborales.
Claro que habrá generaciones enteras que ignoren de qué estamos hablando, porque nacieron luego de la popularización de los relojes de cuarzo. Los relojes de cuerda imponían un esfuerzo mucho mayor.
En vez de utilizar dos dedos cada dos meses para actualizar el calendario mediante la corona, había que hacerlo todos los días. Entiéndase bien: dos dedos, un 100% más de lo que estamos acostumbrados a usar actualmente en los celulares y las tablets.
Será tarea de sociólogos y también de filósofos descubrir a qué se debe esta novedad que parece una regresión a tecnologías superadas.
Desde una mirada neófita e improvisada se puede atribuir al hartazgo de tanta tecnología invasora, donde el protagonismo del ser humano se va reduciendo a una actitud puramente contemplativa de la vida y el trabajo.

Cambios históricos

Esto no es malo en sí mismo. En varios tramos de la historia de Occidente y en muchas religiones ha sido un valor espiritual importante, sólo que ahora se ha canalizado casi con exclusividad hacia las pantallas.
Los ambientes fabriles no han escapado a estas condiciones. Por el contrario, se ha volcado con entusiasmo a incorporar la automatización de la mayoría de los procesos, creando nuevos escenarios.
Donde antes había veinte o más operarios, hoy encontramos solamente uno frente a la computadora, comprobando que todo anda bien o tocando alguna tecla cuando hay un desvío sobre lo esperado.

Naturalmente, estas cuestiones trajeron consecuencias sociales, como la disminución de la mano de obra, la necesidad de contar con personal capacitado o con mejores calificaciones, etcétera, no resueltas del todo aún. Sin embargo.
Quienes recorren o trabajan en piso (así suele llamarse las zonas de tareas productivas, donde hay máquinas, olores, sudores y ruido de distinta intensidad) es bastante frecuente comprobar que hay operarios o supervisores con mucha antigüedad que superan ampliamente la intervención cibernética.
Esos hombres son, en definitiva, la clave de la calidad que, a través de su experiencia, mantiene un vínculo con el producto extremadamente estrecho. Se convierten, de algún modo, en mitos fabriles.
En una planta de fabricación de repuestos de automotores con componentes de caucho, por ejemplo, la última palabra la tenía un supervisor que confirmaba que todo estaba bien oliéndolo.
En sintonía, en la industria alimentaria suele suceder a menudo. La persona va, pasa un dedo sobre la pasta en proceso, la degusta y aprueba o desaprueba.


Podríamos extendernos a muchas otras actividades, como las de la pintura o los tejidos. El caso es interesante porque ese especialista de años -algo así como un sommelier de productos muy diferentes al vino- termina siendo más confiable que todos los datos y parámetros que arroja la computadora.
Por supuesto son personajes prácticamente invisibles, esfumados tras la cortina de la pasión por la tecnología, pero existen en la realidad.
De alguna manera confirma que los seres humanos son y serán irreemplazables, a pesar de lo que anuncien las historias de ciencia ficción más agoreras..





Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1605130-relojes-de-cuerda-o-la-imposibilidad-de-reemplazar-al-hombre

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