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viernes, 7 de junio de 2013

Amor líquido (Liquid Love) y Oficina Publica Saludable

Amor líquido (Liquid Love). La liquidez de las relaciones humanas, según Sygmunt Bauman - por Cristina Ambrosini - Dra. en Filosofía (U.B.A.)
 
 
 
  
El amor y el ansia de poder son gemelos siameses: ninguno de los dos podría sobrevivir a la separación. Zygmunt Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005

Amor Liquido"El deseo es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de la alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación". Quien así se expresa no es Pedro Almodóvar ni Joaquín Sabina, ni un sexólogo mediático sino el veterano sociólogo polaco de 80 años y dilatada trayectoria académica Zygmunt Bauman (Polonia, 1925) en un libro de reciente y esperada aparición en Buenos Aires: Amor líquido.
Amor líquido continúa el certero análisis acerca de la sociedad en el mundo globalizado y los cambios radicales que impone a la condición humana, tema ya enfocado en sus otros dos libros que conforman con éste una trilogía: Modernidad líquida y La sociedad sitiada. El héroe trágico de esta historia son "las relaciones humanas" y está dedicado a recordarnos los riesgos y angustias de vivir juntos y separados en nuestro moderno mundo líquido. En esta ocasión, se concentra en el amor y en el miedo a establecer relaciones duraderas, más allá de las meras conexiones. Nuestros contemporáneos, dice Bauman, desesperados al sentirse descartables, siempre ávidos de una "mano servicial", sin embargo, todo el tiempo desconfían del "estar relacionados" sobre todo si es "para siempre", temen convertirse en una carga y desatar expectativas que no pueden ni desean soportar. Las "relaciones virtuales" (conexiones) establecen el patrón de medida, el modelo del resto de las relaciones: cuando la calidad no da sostén, el remedio es la cantidad y como un patinador sobre el fino hielo, la velocidad es el remedio, seguir en movimiento es un logro y un deber agotador. Las mismas estructuras líquidas y rápidamente cambiantes privilegian a los que pueden viajar con poco peso.
La posesión, el poder, la fusión y el desencanto son los cuatro jinetes del Apocalipsis en el terreno de Eros, nos dice Bauman. Siempre al borde de la derrota, los intentos de domesticar lo díscolo, domeñar lo que no tiene freno, encadenar lo errante y hacer previsible el misterio, fracasan en la lucha por contrarrestar las fuentes de su incertidumbre, pero, si lo consiguen, pronto el deseo empieza a marchitarse y se extingue su fuerza. El deseo es el impulso a despojar la alteridad de su otredad, y por lo tanto, de su poder. En esencia, el deseo es un impulso de destrucción. Y, aunque oblicuamente, también un impulso de auto-destrucción; el deseo está contaminado desde su nacimiento por el deseo de muerte. Sin embargo, éste es su secreto mejor guardado y, sobre todo, guardado de sí mismo. Como el deseo, el amor es una amenaza contra su objeto. El deseo destruye su objeto, destruyéndose a sí mismo en el proceso; la misma red protectora que el amor urde amorosamente alrededor de su objeto lo esclaviza. El amor hace prisionero y pone en custodia al cautivo: arresta para proteger al propio prisionero.
El deseo desespera en el intento de encontrar la cuadratura del círculo: comerse la torta y conservarla al mismo tiempo.
Tal vez decir "deseo" sea demasiado, nos recuerda Bauman. Como en los shoppings: los compradores de hoy no compran para satisfacer su deseo, como lo ha expresado Harvey Ferguson, sino que compran por ganas. Lleva tiempo sembrar, cultivar y alimentar el deseo. El deseo necesita tiempo para germinar, crecer y madurar. A medida que el "largo plazo" se hace cada vez más corto, la velocidad con que madura el deseo, no obstante, se resiste con terquedad a la aceleración; el tiempo necesario para recoger los beneficios de la inversión realizada en el cultivo del deseo parece cada vez más largo, irritante e insoportablemente larga. En nuestros días, los centros de compras suelen ser diseñados teniendo en cuenta la rápida aparición y la veloz extinción de las ganas, y no considerando el engorroso y lento cultivo y maduración del deseo. Al igual que otros productos, la relación es para consumo inmediato (no requiere una preparación adicional ni prolongada) y para uso único, "sin perjuicios". Primordial y fundamentalmente, es descartable. Si resultan defectuosos o no son "plenamente satisfactorios", los productos pueden cambiarse por otros, que se suponen más satisfactorios, aun cuando no se haya ofrecido un servicio de posventa y la transacción no haya incluido la garantía de devolución del dinero. Pero aun en el caso de que el producto cumpla con lo prometido, ningún producto es de uso extendido: después de todo, autos, computadoras o teléfonos celulares perfectamente usables y que funcionan relativamente bien van a engrosar la pila de desechos con pocos o ningún escrúpulo en el momento en que sus "versiones nuevas y mejoradas" aparecen en el mercado y se convierten en comidilla de todo el mundo.
Tras haber pasado de una sociedad de productores a otra de consumidores perpetuos, establecer relaciones para siempre, hablar de compromiso, es una cuestión fuera de sentido. Las relaciones se han convertido en inversiones, en bienes como cualquier otro ¿Acaso hay una razón para que las relaciones de pareja sean una excepción a la regla? ¡Pobre de usted si duerme una siesta o baja la guardia! "Estar en una relación" significa un montón de dolores de cabeza, pero sobre todo una perpetua incertidumbre. Uno nunca puede estar verdadera y plenamente seguro de lo que debe hacer, y jamás tendrá la certeza de que ha hecho lo correcto o de que lo ha hecho en el momento adecuado. Espiamos los siete signos del cáncer o los cinco de la depresión o exorcizamos el espectro de la alta presión sanguínea o del alto nivel de colesterol. Buscamos objetivos sustitutos en los que descargar el aumento de miedo existencial, al que se le han cerrado sus salidas habituales, y los encontramos en no inhalar el cigarrillo de otro, no comer comida con grasa o bacterias perjudiciales, no exponernos al sol o al sexo sin protección, o poniendo guardias armados o tomando clases de artes marciales. Ley y orden, reducido todo a seguridad personal, es la base de muchas ofertas políticas
Bauman introduce en el discurso filosófico del S.XXI el término "modernidad líquida" para referirse a este particular estadio de la humanidad La característica definitoria de los líquidos es la imposibilidad de mantener su forma y, a la vez, su vulnerabilidad. La "fluidez" es la característica de los líquidos y los gases que, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente una forma durante mucho tiempo. Llenan el espacio "por un momento" hasta que "se derraman", "fluyen", "salpican", "se vierten", "se filtran", "gotean", "inundan", "rocían", "chorrean", "manan", "exudan". Esta extraordinaria movilidad de los fluidos se asocia con la idea de "levedad" e "inconstancia". Estas metáforas parecen adecuadas a Bauman para caracterizar esta fase de la historia de la modernidad. Pero ¿la modernidad no fue desde el principio un proceso de licuefacción, de "derretir sólidos"? Los autores del Manifiesto comunista acuñaron la expresión "derretir los sólidos" para mencionar la tarea de profanar lo sagrado, desautorizar y negar el pasado y la tradición, especialmente atacar los residuos del pasado en el presente. Es cierto que los tiempos modernos encontraron a los sólidos premodernos en un estado avanzado de desintegración y los motivos para disolverlos definitivamente estaban orientado a la estabilización de nuevos sólidos, más confiables, que permitieran un mundo predecible y controlable. La diferencia, ahora, estaría en que la tarea de construir un nuevo orden mejor para reemplazar el viejo y defectuoso no aparece en ninguna agenda política. "La disolución de los sólidos" adquiere un nuevo significado y tiene como blanco la disolución de los vínculos entre acciones individuales y acciones colectivas. Lo que diferencia a la sociedad actual de aquella de la modernidad en su fase sólida, que buscaba ser duradera y resistente al cambio, es la creciente debilidad de los lazos sociales. El poder de licuefacción se ha desplazado del "sistema" a la "sociedad", de la "política" a las "políticas de vida", ha descendido del "macronivel" al "micronivel" de la cohabitación social. En esta forma privatizada de la modernidad, el peso de las responsabilidades y los fracasos cae primordialmente sobre los hombros del individuo. Como los zombies, que son una mezcla entre lo vivo y lo muerto, la estructura sistémica se ha vuelto remota. Los sólidos se moldean de una vez mientras que el control de los líquidos exige mucha atención, esfuerzo permanente frente a una posibilidad de éxito menos previsible (Z.Bauman, Modernidad líquida, México, FCE, 2002). Los individuos se ven condenados a buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas. En este estado, exhaustos por la seguidilla de interminables y nunca concluyentes exámenes de aptitud, aterrorizados hasta el tuétano por la misteriosa e inexplicable precariedad de su suerte y la niebla global que se cierne sobre su futuro, buscan a quienes culpar de sus padecimientos. No es extraño que los encuentren bajo la luz del farol más cercano, en el sitio exacto que han iluminado para nosotros las fuerzas de la ley y el orden: los extraños, por lo tanto, rodeando, encarcelando y deportando a los extraños recuperaremos nuestra perdida seguridad.
En este ambiente se advierte un especial recrudecimiento de la xenofobia, de los fantasmas del tribalismo, al calor de la creciente sensación de inseguridad emergente de la incertidumbre y desprotección de nuestra moderna existencia líquida. "Culpar a los inmigrantes" -los extranjeros, los recién llegados- de la paralizante sensación de inseguridad se va transformando en un hábito político redituable. Hoy se habla de "la desaparición de la sociedad" y la aparición de un mosaico de destinos individuales sin vínculos con las acciones colectivas lo que plantea un inédito desafío a la sociología. Bauman no es pesimista, a pesar de lo preocupante del cuadro que nos pinta. Cree que es posible seguir pensando sociológicamente y que hay esperanzas para sostener la utopía de un mundo donde la gente pueda ser feliz pero, para ello, es prioritario desarmar los marcos conceptuales que permitieron la emergencia de la modernidad para, después de ello, diseñar los trazos de las nuevas experiencias humanas.
Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002
Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004
Zygmunt Bauman, Amor líquido, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005

Fuente: http://www.cristina-ambrosini.com.ar/textos/bauman.htm

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